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Tus 4 puntos cardinales.

 


Y bueno… hurgando en el fondo de mis sentimientos desordenados y ocultos, me pintó escribir esto.
Mis disculpas por mi pobre licencia creativa y literaria de animarme con un poema y sus rimas.


 

Te miro, veo tus ojos, que me seducen.
Delineando entre Norte y Sur el perpendicular oriente.
Un amanecer encandila desde el Este de tu espalda,
haciéndome desear el Oeste de tu vientre.

 

Cuando tus huellas se desdibujan,
en el andar pequeño y cuidadoso de tus pies vendados,
me entorpezco y aterro en el torbellino de tu cerebro,
tu inteligencia, tu vasta energía y tus contornos delicados.

 

Mi mente se une a mi corazón en un mapa turbio,
que me pierde, me arroja al medio de la nada,
una planicie de inseguridades, y un deseo rugoso de dedos mojados,
de cuellos tensos, y cinturas contorsionadas.

 

Así te veo… y no te veo.
Así te pienso y no te imagino.
Aquí te espero y desespero.
No estás, no vas, no ves.
Buscas, dudas, y no querés.
Y te dejo ir… una vez más.
Y reinicio la espera.
Esa que odio y disfruto al mismo tiempo,
como rascarse una herida seca.

 

Y así me quedo. Con mi valor, y mi cobardía.
Con mi fuerza y mi hidalguía,
de la mano de lágrimas prestadas, que definen la mañana.
La que de me dice que es hora de dejarte volver al crepúsculo de donde saliste.
Tus cuatro puntos, y tu sol naciente,
escriben a su antojo mi estado inconsciente.

 

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