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Archives for : amor

Todo eso que te llevaste

¡A vos te hablo!
¡Si… A vos!
Que me trajiste hasta acá para luego abandonarme.
Que me inundaste de un amor que después me arrebataste.
¡Si! Vos.
Que te llevaste mi pasado, mi presente y mis recuerdos.
Mi imaginación creativa… inclusive hasta mi sueños.
Esos de un futuro juntos. Esos que traían nietos.

Y ahora estoy acá.
Parado. Solo… aunque medio acompañado.
Entre telones, y luces que de a poco van callando.
Tratando de decir lo que no sale, y recuperar lo que no queda.
Buscando encontrar nuevas palabras, y digerir nuevas piedras.

No te pido me devuelvas ni mi corazón, ni mi felicidad siquiera.
Te pido que me des mi cuerpo. Ese que ya nadie toca ni besa.
No tengo donde guardar mis dolores, ni donde retratar mis penas.
Te quedaste con mis labios, con mis ojos y mis venas.

Si me lo devolvés, tal vez alguien me sienta,
me mire, me toque, y hasta quizás me quiera.
Pero ahora soy transparente… es como si no me vieran.

Regresa mi cuerpo, que sin querer dejé detrás de la puerta,
escondido en algún cuento, o dentro de alguna alacena.
Perdido entre tus sábanas, o en esa caja perversa,
donde guardas tu “juguete” el que a veces te recuerda,
que aunque fueran pocas las veces
conmigo siempre fueron muy buenas.

Dale… devolvelo
Si a vos ya no te queda.
Está tan triste y de hombros caídos,
que no late entre tus piernas.

Quizas, si después resucita,
cuando se conecte a mis venas.
En un futuro posible,
cuando ya no sienta penas,
Él te busque, él te toque
y tal vez de nuevo te sienta.

Ausencia invasora

Campaneando desde lejos
mi propia imagen vacía
en mi abandonada vida,
como si fuera un espejo

Buscando en toda mirada
añorando aquel perfume
Entre miles de personas
Mi memoria está inundada

Hoy me siento bien parido
fuerte, sólido y maduro
El dolor aún me agrieta
Y crea surcos derruidos.

Ausencia, que llena mi cuerpo
Con aires de ahogo caliente
Quema, arde y se torna infame
éste amor que aún no ha muerto

Te recuerdo en cada nota
te dibujo en cada tono
tu canción desesperada
deja mi imaginación rota.

Estamos a mano.

Décadas de vida me forjaron hijo, hombre, padre, ciudadano, argentino, peron/social/progres/ista y algo radical.
También me han creado heridas, cicatrices, y otras yerbas devenidas en corazón roto, bolsillos con pelusas y papeles de caramelos.

Durante años, me mantuve ausente de mi pasado, oculto de mi presente y desvelado por mi futuro.

Luego de cansadas noches frente a una sombra en la pared, deformada por la silueta de un vaso en la mano y la luz tímida de un cigarrillo en la otra, encontré nuevos caminos.
Trazados, sugeridos y hasta empujado hacia algunos de ellos, por una presencia “que burbujea en mi piel y me hace mas querendón…”
Debido a esto, comencé a aprender a ordenar las pastillas de pasado, los ovillos de presente y esos suaves paños de futuro.

Después de 10 años de ausencia mutua entre la última parte de mi raíz genética y mi inconsciente a la defensiva, nos reunimos para un día de celebración mundana y marketinera de esas en donde se regalan cosas para decir lo que huelga en las palabras.
Un año y medio de oportunidades me regaló ese encuentro con una de las tapas del molde donde fui concebido (la que aún quedaba presente).
Un año y medio del que solo pude, supe, aproveché tan solo 3 meses.
3 Meses que me dieron la oportunidad de cerrar capítulos, devolver en actos lo que no recibí, y reconciliarme con mis sentimientos, mi pensamiento y mis simples deseos de ordenar las cosas en un lugar justo.

 

Nada me costó ser quien debía ser, porque en este momento fui quien quería ser.
Palabras intercambiadas me dieron el saldo en cero. Caricias, abrazos, y besos en la frente me liberaron de una deuda que pude soltar y sentir finalmente cobrada.
Poder decir “te quiero” y recibir lo mismo en otras palabras, me dejaron con la sensación de haber terminado un libro enorme y sin vacuidad por el tiempo dedicado (quizás demasiado).

 

Te fuiste “mi viejo”, cerraste los ojos después del agotador viaje.

Pudiste verme a tu lado sosteniendo tu mano, alimentando tu cuerpo y secando tus lágrimas de tanguero sensible (herencia que agradezco).

No hay deudas, no hay pendientes y solo la promesa de que si esa fe que te mantuvo rodando en tu último tercio de vida tiene veracidad, eso mágico del infinito, tenes que mandarme un mensaje para demostrarme que existe. Si es posible y verdadero, prometo darle una oportunidad a tu deseo de acompañar tu camino de fe.

Soy ateo, no por ignorancia, sino por deducción y mi amor a la ciencia.

Tengo fe, porque sin ver, creo en el hombre, ahora y siempre, hasta que me demuestra lo contrario, y vuelvo a creer en el siguiente.

 

 

Te quiero rendir un sentido homenaje, un hermoso duelo, un puñado de tierra, unas gotas de lluvia y un deseo de resurrección en tu fe y tus creencias.

Mientras tanto, si podes leerme, si algo de esto te llega, te cuento que estoy tranquilo… triste, pero tranquilo, y atesorando recuerdos que vienen cayendo uno detrás de otro a mi memoria.

Tus tangos, tu “risota” contagiosa, tu sentido del humor, tu picardía, y me guardo en mi cabeza la foto de la niñez cuando te veía afeitándote frente al espejito redondo, con un jarro de espuma y una brocha de cerda, mientras me hacías escuchar desde esa pequeña radio portátil colgada de un clavo de la que hasta recuerdo la marca (“Ultrasonic”), a Soldán, Carrizo y otros programas “tangueros” de media mañana.

Así que estoy bien… y sabes por qué? Porque estamos a mano.

Ni Barón, ni Caballero, ni Princesa…

Hoy me encontré analizando algunas cosas de mi bitácora mas cercana (y no tanto).
Y finalmente, con cierta ayuda reciente, descubro que de alguna manera he condicionado mi vida por algunos sinos o factores concretos que me tocaron en suerte.
Muchas veces de niño soñé con ser un gran caballero guerrero y triunfal que salvara a un pueblo entero (por encima de mí mismo).
Otras, creyendo en posibilidades mas inocentes o situaciones futiles, supuse que sería una princesa la destinataria de mi proeza.

Ya siendo más grande, aunque no lo suficientemente maduro, termino descubriendo que la realidad de mi vida se basó enteramente en mi propia esencia devenida en genes lastimados y escenarios adversos.

Nunca fuí lo suficientemente sapo para llegar a ser príncipe.
Nunca físicamente fuerte para ser un caballero gladiador.
Mucho menos un atleta, un artista o un hermoso para ser cobijado en el fetiche de algún mecenas de turno, que sin querer fagocitar mi cuerpo y mi juventud me tendiera su mano firme y sus beneficios de poder y riqueza.

Pero…
Si lo analizo desde el espectro real y honesto, no puedo entregarme a la lágrima pueril, o la queja excusadora que justifica mis “no teneres” con mis “no recibires”.

He transitado caminos de piedras, y arroyos de sal con los pies en sangre.
He vivido el dolor, de la mano de la impotencia.
Y aún así… en este recorrido forzado por el aprendizaje y el desarrollo de mi cuerpo, mi mente y mi corazón,
He sido príncipe por un día, gladiador en ciertas noches, barón y caballero en alguno que otro encuentro social de los círculos elitistas de las clases altas,
y en el transcurso me volví hombre, artista, hermoso, político, médico, domador de animales, y hasta bombero de los incendios de otros.

Ahora, siendo rey de mi propia vida, busco donde enterrar mis petates, mi tienda de campaña, y cual líder nomade de su pueblo caminante y conquistador, busco levantar mi brazo y decir, ordenar y convencer a mi pueblo interno que este es el lugar donde convertir mi mangrullo de palos en torre de piedra, mi cantimplora en lago, y a esa compañera que sostenga y encause mi andar y mi confianza en reina de los mil tronos que supe probar con mi cuerpo cansado por tan solo un breve tiempo de paso.

No estoy cansado, no estoy vencido, sino fuerte y convencido.

mis caballos por fín podrán beber del arroyo, comer de sus propios pastos, y por hoy, solo por hoy, sentiré que he llegado.

Mis batallas recientes fueron generosas en los triunfos y las derrotas,

Hubo sangre, y cuerpos en el camino, pero ninguna cicatriz tan profunday todos mi miembros en su lugar.

con todos mis dedos, mi pluma intacta, y mi espada cual espejo, estoy buscando esa porción de tierra que reciba mi hendidura, mi riego y mi florecer nuevo.

Sin tanta mística, ni mitología…

Acá hay unos mates y un fuego para el que quiera detenerse a tirar un pedazo de su historia o un trozo de su carne para asar un buen cuento.